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No. 2, febrero 2007
Mientras Fidel Castro va iniciando su retirada de la escena mundial, muchos de quienes no son cubanos comienzan a reflexionar acerca del futuro de una nación que ha permanecido casi 50 años atrapada entre los escombros del experimento demente de un dictador. No obstante, demasiadas personas ajenas a esa realidad se dejan desorientar por los mitos que ha sembrado el régimen a lo largo de las últimas cinco décadas para hacer que la isla parezca compleja, difícil de entender, peligrosa e inaccesible. Castro se dio cuenta de que si el mundo comprendiera la realidad cubana, aun la clase intelectual podría advertir que algo anda mal en su gobierno.
Transcurridas cinco décadas desde el embargo que Castro le aplicó a la realidad, la transición de Cuba representará un reto. Pero son varios los hechos simples que inspiran optimismo para el futuro. Primero, no hay nada como la caída de una dictadura desgastada para generar una explosión de esperanza y energía. Segundo, Cuba está repleta de cubanos, un pueblo que construyó una nación próspera que Castro vino a demoler. Tercero, el mundo entero desea que a Cuba le vaya bien, y su histórico amigo--Estados Unidos--está preparado y ansioso por ayudar a 11 millones de personas a reconstruir Cuba a su propia imagen y semejanza. Sin embargo, para alcanzar el futuro es preciso que desterremos los grotescos mitos acerca del castrismo y las falsas ideas fabricadas en torno a la propia Cuba.
Mito: "Castro ha hecho algunas cosas buenas por su pueblo"
Cuando muera Castro, unos cuantos comentaristas intentarán vender el mito de que, pese a sus errores, la revolución de Castro estaba impulsada por el deseo de extender la justicia social, la salud y la educación a la mayoría pobre de la población cubana. Pero Castro ya agoniza en un lecho de hospital a manera de ejemplo del sistema de salud cubano, objeto de tanto alarde. El hecho de que el deceso del dictador pueda verse acelerado por una chabacana rutina quirúrgica echa por tierra la idea de que la medicina cubana "de primer mundo" es un logro de la revolución. El sorprendente deterioro de Castro no sorprende tanto a quienes conocen la reali-dad del sistema de salud cubano, en el cual los pacientes de cualquier hospital típico tienen que llevar sus propias bombillas eléctricas, ropa de cama e hilo de coser para las suturas.
Entonces, ¿por qué tantos se hacen la vista gorda para entrever un lado positivo de la dictadura de Castro? Parte del motivo es que la mayoría de los medios de comunicación del mundo han considerado con bastante generosidad al cruzado antiestadounidense. En diciembre de 2006, la Organización Gallup publicó los resultados de una encuesta reciente según la cual--sin que sea sorpresa para nadie--la mayoría de los cubanos anhelaban mayor libertad. Sin embargo, los editores de Associated Press lo contaron de este modo: "Encuesta: 1 de cada 4 cubanos está satisfecho con las libertades"[1]. Esta interpretación tergiversada--que la tiranía no llega a ser la mitad de mala--es un vívido ejemplo del intento de los medios y los supuestos expertos en Cuba de excusar a un dictador que, según nos quieren hacer creer, rescató a Cuba de un pasado miserable. Esa descripción del pasado es un disparate. Al menos se debe reconocer esto antes de predecir hacia dónde se encamina Cuba sin Castro.
Los defensores de Castro han pintado la Cuba prerrevolucionaria como un sitio atrasado y represivo, imagen que no halla sustento en los hechos. En efecto, la Cuba de la que Castro se hizo cargo en 1959 era una de las sociedades más prósperas e igualitarias de las Américas, cercana al primer puesto. De acuerdo con la mayoría de los indicadores sociodemográficos, era sólo superada por Argentina y Uruguay. Los indicadores sociales y económicos del país también se asimilaban de manera notable a las de los países menos desarrollados de Europa en ese entonces, como España y Portugal. Aunque es bien sabido que hoy la tasa de mortalidad infantil de Cuba es la segunda más baja de América Latina, muchos historiadores olvidan mencionar que la Cuba anterior a Castro figuraba decimotercera en el mundo, con la mejor tasa de América Latina. Además ocupaba el tercer puesto entre los países con mayor ingesta diaria de calorías, el cuarto entre los de mayor tasa de alfabetización, el segundo en cantidad de automóviles per cápita y el cuarto en producción de arroz[2].
Cuba también tenía un nivel de cultura avanzado antes de que Castro tomara el poder: era el tercer país de América Latina con mayor circulación de periódicos per cápita y el segundo con mayor cantidad de personas que iban al cine[3]. Si bien no caben dudas de que padecía las desigualdades en cuanto a la distribución de la riqueza, lo cual afectaba a todos los países de América Latina en aquella época (y siguen haciéndolo hoy), Cuba poseía la mayor clase media respecto de sus pares del hemisferio occidental.
No suele mencionarse que en las décadas de 1940 y 1950 la isla tenía leyes progresistas en materia de empleo, régimen de propiedad, educación y salud que nada tenían que envidiar a las de varios de los países de la región. Por ejemplo, la Constitución cubana de 1940 estableció derechos laborales tales como el derecho a trabajar, el máximo de 40 horas semanales, un mes de vacaciones por año, la seguridad social y el derecho a formar sindicatos y asociarse a ellos. Por cierto, para 1958 prácticamente la mitad de la población activa cubana pertenecía a sindicatos. De hecho, un informe del Banco Mundial de 1951 criticaba las leyes que protegían a los trabajadores cubanos por considerarlas demasoado generosas y tener el efecto de desalentar la inversión extranjera[4]. Ese hecho está lejos de justificar la imagen popular de un país saqueado por la explotación extranjera hasta que Castro vino a su rescate y le devolvió la dignidad.
Lo triste es que Castro transformó un país que se contaba entre los más prósperos y progresistas de América Latina en una nación en la cual "mayor igualdad" significa que casi toda la población es indigente. La estrategia de desarrollo de Castro se basaba en una relación asimétrica con la ex Unión Soviética: el trueque de productos agrícolas de Cuba por ayuda financiera y técnica y equipamiento militar soviético. Cuando cayó la Unión Soviética, la economía cubana sufrió una implosión. Según las estadísticas nacionales, fue sólo en 2005 que Cuba logró volver a sus niveles de producto interno bruto anteriores a 1990[5].
Sin nadie más que compre sus productos, Cuba no puede generar ingresos suficientes para satisfacer la demanda interna de los bienes de consumo básicos. Así, un país que otrora marcó el ritmo de la región ha venido a depender de la generosidad extranjera (con más de 12.000 millones de dólares de deuda externa en 2002) y de las remesas de más de 1.000 millones de dólares provenientes de Estados Unidos (equivalentes al 84% de sus exportaciones[6]); además--lo que resulta más trágico--se ha resignado a bajar el estándar de vida para poder "resolver", es decir, sobrevivir.
Mientras Castro se jacta de ciertos indicadores de salud y educación que resultan, en realidad, bastante modestos, los cubanos han pagado un costo altísimo por los "logros"del dictador. De acuerdo con el Anuario Estadístico de las Naciones Unidas, la Cuba anterior a Castro se ubicaba tercera entre 11 países en consumo diario de calorías per cápita. Hoy ocupa el último lugar en consumo y, de hecho, sufrió una disminución en la ingesta de calorías durante un período en el cual la mayoría de los países repuntó. Asimismo, los enormes pasos que dieron otros países latinoamericanos (incluidos aquellos similares a Cuba en los aspectos demográficos y económicos pero con los indicadores anteriores a 1959 por detrás de los de la isla) atemperan cualquier argumento de progreso notable durante el régimen de Castro[7].
Todo aquel que desee de veras comprender la realidad de Cuba debería comenzar por comprender que los cubanos lograron construir una nación relativamente exitosa hasta que Castro la destruyó. Cuanto antes reconozca el mundo el terrible costo de la revolución de Castro, mayor será la determinación de ayudar a los cubanos a recuperarse de la pesadilla de la dictadura despojándose de todos los vestigios de un régimen que sólo se destacó por su crueldad. Más aún, al evaluar con ojo imparcial la Cuba precastrista se hallan sobradas razones para ser optimista por el futuro de la nación una vez erradicado el régimen dictatorial. Tal evaluación requiere desenmascarar los mitos acerca de cómo puede llegar a evolucionar Cuba después de Castro.
Mito: sólo los camaradas de Castro pueden conducir una transición estable
Éste es el malentendido más peligroso de todos. En primer lugar, tras 50 años de totalitarismo, la estabilidad podría no ser la máxima prioridad para 11 millones de cubanos. Además, en el momento en que Fidel reconoció su propia mortalidad delegando el mando "en forma transitoria", cada adulador del régimen comenzó a pensar en su propio futuro. La imagen del falto de vitalidad y poco carismático Raúl Castro, de 75 años de edad, como puente hacia el futuro es uno de los últimos chistes malos de la era castrista[8]. Lo que es peor, Raúl no tiene más derecho a tomar decisiones sobre el futuro de Cuba que su agonizante hermano mayor.
Es evidente que Fidel eligió "a dedo" a intransigentes ideológicos como Raúl, al presidente de la Asamblea Nacional, Ricardo Alarcón, y al ministro de Relaciones Exteriores, Felipe Pérez Roque, para tratar de mantener el Estado policial y preservar el patrimonio económico de los amigos del régimen. Sin embargo, esos líderes de segundo nivel deberían ser los primeros en reconocer que son incapaces de inspirar temor--mucho menos respeto--en los cubanos. Tales miembros del régimen reconocen que éste es mucho más frágil de lo que cualquier observador puede imaginar. La corrupción, la ineficiencia, el agotamiento y la quiebra moral han perjudicado a un Estado policial que hace tiempo olvidó cuál era su cometido. Por ello es que la “transición” de estos personajes se asemeja más a la película Weekend at Bernie's que a una transferencia seria de poder.
En el servicio de inteligencia de Estados Unidos hay quienes todavía intentan vender la idea de que Raúl puede mantener las cosas en pie por tener el control de las fuerzas de seguridad[9]. Es posible que ese tipo de conclusiones emanen de la obra de Ana Belén Montes, ex analista de la oficina de inteligencia del Departamento de Defensa que hizo que las evaluaciones del servicio de inteligencia estadounidense describieran a Raúl como una posible fuerza liberadora de Cuba. En 2002 Montes fue condenada por espiar para el gobierno cubano. La realidad es que muchos militares de Cuba aún desprecian a Raúl por orquestar el juicio público y la ejecución del héroe de guerra General Arnaldo Ochoa Sánchez en 1989[10]. El apoyo del que Raúl pueda gozar entre los jefes militares cubanos se funda en la percepción de que él puede salvarles el pellejo acordando un modus vivendi con Estados Unidos, pero ello dependería más de la indulgencia estadounidense que del prestigio o el talento de Raúl.
De hecho, sería una ironía trágica que Estados Unidos aceptara la propuesta de "diálogo" de Raúl. Si quiere que un DC-10 lo lleve al exilio junto con sus "logros de la revolución", ésa es una conversación que debería tener con sus amigos de Madrid. Pero pretender hablar del futuro de Cuba con una junta de corte rufián otorgaría a los herederos políticos de Castro una legitimidad inmerecida y mancillaría la credibilidad de Estados Unidos con respecto a los propios demócratas de la isla que deberían gobernar--y gobernarán--Cuba. En estos tiempos de "re-embalsamiento", lo último que necesitamos es una política estadounidense basada en la idea de que es necesario tratar con Raúl para impedir una matanza o una crisis migratoria que podría afectar la costa estadounidense. A ver si me explico: si se desata una ola de violencia, quienes se ensuciarán las manos con sangre serán los del régimen que posee todas las armas. Tal contingencia, a saber, una dictadura ilegítima que recurre a la violencia encarnizada para mantener su dominio en el poder, suscitaría el reproche mundial y, de ser necesario, la intervención internacional. En cuanto a la crisis migratoria, por primera vez los cubanos no necesitan huir de la isla para hallar un futuro. Deberíamos ir comunicándole a la isla que, ahora más que nunca, necesita a los mejores cubanos.
Mito: Raúl Castro quiere y puede liberalizar la economía cubana
La imagen de Raúl como "reformador" es un ardid del régimen de Castro, y por cierto nada nuevo. Durante más de una década los observadores de Cuba han debatido acerca de que Raúl simpatizaba con el "modelo de China", en cuyo contexto una dictadura socialista podría tolerar una apertura empresarial. Los defensores del régimen dentro de la comunidad de think-tanks de Washington han estado pregonando que, una vez desaparecido su hermano mayor, Raúl será capaz de conducir una transición estable que traerá aparejados cambios graduales de índole económica y, naturalmente, política.
Pero, por desgracia, Raúl no es ningún reformador reprimido; ha sido un comunista ortodoxo y defensor del estricto seguimiento de la ideología de Fidel desde el comienzo del conflicto armado, hace más de 50 años. Raúl planeó el infame castigo a los economistas "independientes" patrocinados por el Estado de finales de la década de 1990. En cuanto a la tan promocionada apertura económica a la que se entregó el régimen después de perder su subsidio soviético de entre 5.000 y 7.000 millones de dólares al año, lo que Raúl hizo fue restringirla, apropiársela y, recientemente, oponerse a ella.
En primer lugar, en Cuba jamás se ha tolerado nada parecido al experimento empresarial que prosperó en Vietnam o la República Popular China. Los inversionistas extranjeros que actualmente operan en Cuba han aceptado al Estado cubano como su socio mayoritario, que contrata, despide y hasta cobra el magro salario de cada trabajador cubano.
En segundo lugar, las fuerzas armadas cubanas que lidera Raúl participan en decenas de lucrativos joint ventures con empresas extranjeras. La misión de Raúl era controlar la influencia externa y capturar todas las ganancias para ponerlas al servicio del Estado policial que él dirige. Hoy, los militares administran la mayoría de los alojamientos turísticos de Cuba, y se ha considerado menos importante a los inversionistas extranjeros desde que el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, otorga anualmente 2.000 millones de dólares a sus socios cubanos en concepto de subsidios petroleros: casi la mitad de los 4.000-6.000 millones de dólares que antes obtenían de la Unión Soviética[11].
En tercer lugar, Raúl ha utilizado estos emprendimientos para generar empleo y seguridad económica para sus secuaces y la tropa en general. Es ingenuo creer que les pedirá que compartan sus dádivas abriendo la economía en medio de una precaria transición durante la cual está desesperado por conservar la lealtad de estos camaradas.
Raúl no tiene el coraje ni la inteligencia para administrar una transición a la democracia o a la libertad económica. Los verdaderos amigos del pueblo cubano deberían rechazar de plano la idea de un cambio progresivo llevado adelante por los amigos de Castro.
Mito: El sector empresarial de Estados Unidos perdió debido al aislamiento de Cuba
En la década de 1990, Fidel Castro atrajo a la isla a inversionistas europeos, canadienses y algunos latino-americanos reservando contratos atractivos para las empresas dispuestas a asociarse con el régimen, pagarle al gobierno por el trabajo realizado por cubanos y abstenerse de emitir demasiados juicios de valor acerca del Estado policial estalinista circundante. Ahora numerosos inversionistas extranjeros han resultado estafados o decepcionados, y los militares de Raúl se han involucrado en la industria del turismo, acaparando, entre otras empresas, muchos de los hoteles construidos y administrados por extranjeros. Con todo, algunas empresas ya tienen una plataforma de apoyo en la isla y esperan ser las primeras en beneficiarse si se reactiva la economía cubana.
Pero no vayamos tan deprisa. Una vez que los cubanos reclamen su país, es posible que se formen una dura opinión sobre las empresas que contribuyeron a mantener a flote el Estado policial de Castro. ¿Se supone que los cubanos libres respetarán contratos otorgados por un régimen corrupto? Mejor cabría imaginar a los cubanos arrojando a esos inversores al mar, indignados de haberse vistos sometidos a la explotación de capitali-stas inescrupulosos que marchaban codo a codo con comunistas despiadados.
Otro resultado de la encuesta de Gallup de diciembre de 2006 fue que los cubanos consideran a Estados Unidos un socio comercial más "ideal" que la China comunista o la Venezuela socialista. Estas opiniones positivas respecto de Estados Unidos son admirables considerando la oleada de propaganda antiestadounidense en medio de la que han vivido los cubanos durante casi 50 años.
Es razonable predecir que, una vez que los cubanos empiecen a tomar decisiones acerca de su propio futuro económico, contemplarán con especial estima al único país que no se hizo un festín con los despojos de Cuba. Mientras el castrismo sufre una hemorragia de poder, el sector empresarial estadounidense debería proponerse con firmeza condicionar las relaciones comerciales al principio de legalidad, al trato justo de los trabajadores cubanos y a un campo de juego equitativo con otros inversionistas extranjeros. Cualquier emprendimiento que contribuya a resucitar un régimen moribundo es un mal negocio y podría dañar la reputación de las empresas estadounidenses que reingresan al mercado cubano. El sector empresarial de Estados Unidos no puede equivocarse al apostar por la buena voluntad e iniciativa de los cubanos libres.
Mito: Los sentimientos de la comunidad cubana exiliada van a maniatar la política de Estados Unidos durante la transición
La comunidad cubana exiliada desempeñará el papel decisivo y constructivo en la transición democrática y la reconstrucción económica de Cuba. En la actualidad, la comunidad es un canal importante para comunicarse con la isla y para comprender lo que sucede en cada esquina. Los cubanos exiliados comprenden mejor que casi nadie la realidad de la isla y el daño provocado por el régimen de Castro, que de manera sistemática ha imbuido cinismo y auto-repulsión en el pueblo cubano como medio para sofocar el disenso o el activismo. Serán necesarias la fe y la confianza de los lazos familiares para depurar las toxinas de la represión y la duda y para cambiar el modo de sentir y pensar de los seres queridos que se quedaron en la isla.
La comunidad exiliada también posee el capital y la afinidad cultural que la hacen una reserva natural de know-how en lo que respecta a inversiones y emprendimientos. Si bien la inmensa mayoría optará por permanecer en Estados Unidos, algunos podrían volverse misioneros y viajar a Cuba para ayudar a orientar a la gente sobre las oportunidades y responsabilidades que tienen frente a sí en una Cuba libre. Asimismo, los cubano-estadounidenses seguramente respetarán el orgullo y el nacionalismo de aquellos que permanecen en la isla.
¿De qué manera puede ayudar Estados Unidos?
Estados Unidos debería expandir sus programas pro-democracia para reafirmar su constante compromiso con el cambio genuino. El presidente de Estados Unidos, George W. Bush, ha sido firme en su apoyo a la causa de libertad en Cuba, y quienes diseñan las políticas de Estados Unidos son fieles partidarios[12], que deberían gozar de las atribuciones necesarias para trabajar con creatividad y audacia en esta etapa crítica. Cualquier indicio de que Estados Unidos aceptará que un dictador suceda a otro obstaculizaría la transición y desmoralizaría a los valientes demócratas de la isla.
El gobierno de Estados Unidos debería además adoptar las medidas necesarias para que Radio y TV Martí comuniquen los mensajes a la isla con mayor eficacia. Por ejemplo, resulta esencial que las transmisiones y programas al aire se mantengan durante las semanas y meses venideros. Debería estimularse a la comunidad cubana exiliada para que canalice mensajes a la isla y reúna información actualizada sobre las posturas y las condiciones en esta delicada etapa.
Sería bueno que el presidente Bush asumiera un compromiso específico de contribuir de manera importante con la transición. Si bien es más importante que nunca preservar las sanciones económicas y utilizarlas como medio para generar reformas amplias, profundas e irreversibles, Estados Unidos debería recurrir a la promesa de ayuda, intercambio comercial y relaciones políticas normales como incentivo para apalancar el cambio. Estados Unidos y otras naciones amigas tendrían que organizar programas alimentarios de emergencia y proyectos de alto impacto social para aprovechar cualquier tipo de apertura en el futuro próximo. Ahora deberían ponerse en práctica programas para capacitar a los nuevos funcionarios cubanos encargados de formular las políticas en materia de administración pública, anticorrupción y programas pro-democracia.
En los últimos años, uno de los argumentos más contundentes a favor de mantener las sanciones de Estados Unidos sobre Cuba ha sido la preservación de relaciones económicas y políticas normales como una ventaja a la cual recurrir durante el gobierno de transición. Las fuerzas del statu quo son poderosas, y es esencial ofrecer un incentivo al pueblo cubano para garantizar que las reformas sean lo suficientemente profundas y generales para encaminar a Cuba por el irreversible sendero hacia la verdadera libertad. Hacer concesiones unilaterales a favor de un régimen moribundo que no tiene derecho legítimo para gobernar dilapidaría la influencia y la credibilidad de Estados Unidos.
Por el contrario, el gobierno de Estados Unidos debería prometer relaciones económicas normales como incentivo a aquellas fuerzas de Cuba que están comprometidas con el cambio de raíz. A pesar de ciertos falsos preconceptos, la política de Estados Unidos no impone exigencias exorbitantes: simplemente le pide al gobierno obligarse a realizar elecciones democráticas, liberar a los presos políticos y desmantelar el aparato del Estado policial. De hecho, la ley estadounidense autoriza al presidente a brindar asistencia económica a Cuba si él considera que ello favorecerá una transición democrática.
Si bien se podría argumentar a favor de permitirles a las familias cubanas viajar a la isla una vez en marcha la transición genuina, la ganancia recibida por turismo debería reservarse para el momento en que se hayan dispuesto elecciones y el comercio normal beneficie a un nuevo gobierno electo. Se podrá reanudar un contacto más normal no más se instale en La Habana un equipo para la transición con el propósito de hacer realidad las aspiraciones legítimas de libertades políticas y económicas del pueblo cubano. Las relaciones diplomáticas deberían restaurarse plenamente sólo cuando gobierne un líder elegido por la vía democrática.
Hecho concreto: Cuba debe ser cubana
El mensaje que debe recibir el pueblo cubano es que su futuro es Cuba, y es ahora. Es preciso comunicarles con fuerza y claridad que merecen algo mejor que una dictadura remozada, y que pueden comenzar a reclamar su futuro recobrando las calles de manos de la policía secreta y los matones del régimen. Las fuerzas de seguridad de Cuba deberían replantearse la responsabilidad que les cabe ante la nación cubana y no ante un régimen en vías de extinción, así como deben considerar la responsabilidad personal por los abusos que cometen contra su pueblo. Estados Unidos y otros países deberían proveer fondos para organizaciones serias de derechos humanos que puedan inspeccionar las prisiones cubanas y establecer monitores en la isla para detectar y comunicar los abusos.
La diplomacia estadounidense debe actuar con creatividad y dinamismo. Nuestro mensaje a las Américas--en particular en el seno de la Organización de los Estados Americanos--debería consistir en que debemos unirnos para promover una transición democrática genuina y combatir la represión encarnizada por parte de un régimen ilegítimo. Por desgracia, la gran mayoría de los dirigentes latinoamericanos han guardado un llamativo silencio respecto de este tema histórico, pero podría convocárseles para la indispensable tarea de facilitar el desarrollo cubano poscastrista. Por el momento, un consorcio de grupos democráticos de Europa oriental y otras organizaciones internacionales serias podrían prepararse para establecer un equipo que ayude a disponer las condiciones necesarias para llevar a cabo elecciones libres y limpias.
Por último, podríamos pedirles a los amigos de Castro que están en Madrid que les ofrezcan asilo a sus compinches para evitar el derramamiento de sangre. También deberíamos aconsejarles a los de Caracas que no interfieran en las aspiraciones del pueblo cubano.
Cuba debería estar dirigida por los cubanos, para el bien de los cubanos y conforme a normas dispuestas por los cubanos. Los cubanos nunca tendrían que haberse visto obligados a vivir según una constitución comunista redactada para complacer a jefes soviéticos, y tampoco tienen por qué “mantener las cosas como están” para conveniencia de extranjeros incluso con buenas intenciones.
La historia juzgará con severidad a quienes no hayan aprovechado este momento para darle a Cuba una democracia genuina. El pueblo cubano debe estar a la altura del desafío superando sus miedos y reivindicando su futuro. Para poder construir ese futuro, antes deben destruir los vestigios del decrépito régimen castrista. La responsabilidad es suya, pero sus amigos pueden ayudarlos con una serie de medidas audaces y constructivas.
Roger F. Noriega (rnoriega@aei.org) es visiting fellow de AEI y trabaja para Tew Cardenas, LLP, una firma de servicios legales con base en Miami y con una oficina de políticas públicas en Washington, D.C.
La asistente de investigación de AEI, Megan Davy, y la socia editorial de AEI, Nicole Passan, colaboraron con el autor en la edición y elaboración de este Latin American Outlook.
Notas
1. Foster Klug, “Poll: 1 in 4 Cubans OK with Freedoms”, Associated Press, 14 de diciembre de 2006. El sitio web de Gallup publicó estos resultados en su propia página, http://www. gallup.com, bajo el título “Sólo 1 de cada 4 cubanos de las ciudades están satisfechos con las libertades personales”.
2. Oficina de Asuntos Interamericanos del Departamento de Estado de Estados Unidos, Zenith and Eclipse: A Comparative Look at Socio-Economic Conditions in Pre-Castro and Present Day Cuba (Washington, D.C.: 9 de febrero de 1998, revisión de junio de 2002), disponible en: http://www.state.gov/p/wha/ci/14776.htm.
3. Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de Naciones Unidas, Anuario Estadístico (Nueva York: 1961).
4. Castro mantuvo muchos de los derechos socioeconómicos que otorgaba la Constitución de 1940 en su Ley Fundamental de 1959 e incluso en la última Constitución cubana (1992), aunque su desobediencia al principio de legalidad terminó por diluir la puesta en práctica de esos derechos. Véase Aldo M. Leiva, “Cuban Labor Law: Issues and Challenges”, Cuba in Transition: Volume 10 (documentos y actas de la décima reunión anual de la Asociación para el Estudio de la Economía Cubana [ASCE], Miami, Florida, 3-5 de agosto de 2000).
5. Ernesto Hernández-Catá, “Output and Productivity in Cuba: Collapse, Recovery, and Muddling through to the Crossroads”, Cuba in Transition: Volume 13 (documentos y actas de la decimotercera reunión anual de la ASCE, Coral Gables, Florida, 7-9 de agosto de 2003); y Oficina Nacional de Estadísticas (Cuba), Anuario Estadístico de Cuba 2005 (La Habana: 2006).
6. Manuel Orozco, “Envío de remesas a América Latina y el Caribe: Temas y Perspectivas sobre Desarrollo” (informe encargado por la Organización de los Estados Americanos, Washington, D.C.: septiembre de 2004).
7. Comparada con Chile, Costa Rica y México (los países de la región que mejor pueden calificarse como “similares”), la Cuba anterior a Castro se encontraba a la misma altura o mejor que esos otros países en términos de mortalidad infantil, producción energética, educación primaria por habitante y cantidad de aparatos receptores de radio, pero la revolución atrofió el progreso cubano. Chile y Costa Rica mejoraron más en cuanto a la mortalidad infantil y se ubicaron prácticamente a la altura de Cuba en 1990. Entre 1960 y 1990 los tres países “hermanos” experimentaron mayores avances que Cuba en cuanto a la esperanza de vida. Las últimas cuatro décadas han sido un período de desarrollo para toda América Latina, pero con Castro, Cuba ha estado corriendo en el mismo lugar. Puede encontrarse más información en el trabajo de Jorge Luis Romeu, “More on the Statistical Comparison of Cuban Socioeconomic Development”, Cuba in Transition: Volume 5 (documentos y actas de la quinta reunión anual de la ASCE, University of Miami, 10-12 de agosto de 1995).
8. Acerca de Raúl Castro, el analista sobre Cuba Brian Latell escribió en julio pasado: “Desde los años cincuenta ha sido temido y odiado por numerosos cubanos, y con razón, porque en diferentes momentos fue el principal verdugo del régimen, su primer stalinista, un intransigente despiadado en materia social y cultural y un cumplidor draconiano de los caprichos de Fidel. Raúl es un torpe orador público sin talento que nunca ha podido ganarse a una multitud ni inspirar a una audiencia con sus propias visiones edificantes” (“The Raulista Succession: Intrinsically Unstable?”, The Latell Report [Coral Gables, Florida: Cuba Transition Project, 1 de julio de 2006], disponible en http://ctp.iccas.miami.edu).
9. “‘Raúl Castro tiene el firme control del gobierno en Cuba y todo parece indicar que mantendrá el poder y estabilidad después de la muerte de Fidel Castro, cuando menos en el corto plazo’, declaró este jueves un funcionario del servicio de inteligencia militar de Estados Unidos a un comité del Senado. El teniente general Michael D. Maples, director de la Defense Intelligence Agency (oficina de inteligencia) del ejército estadounidense, señaló además que Raúl, ministro de Defensa desde comienzos de los años sesenta, ‘goza de un amplio respeto y apoyo entre los jefes militares que tendrán un papel crucial en una sucesión permanente de gobierno’” (Pablo Bachelet, “Raúl Castro’s Grip Is Firm, Senate Panel Is Told”, Miami Herald, 12 de enero de 2007).
10. Fidel y Raúl Castro consideraban al General de División Arnaldo Ochoa Sánchez, respetado líder de la expedición cubana a Angola, como una amenaza a su monopolio de poder. Cuando las autoridades judiciales y policiales de Estados Unidos obtuvieron un testimonio presencial que implicaba al régimen de Castro en el contrabando de cocaína a Estados Unidos, los Castro culparon a Ochoa y a altos funcionarios del servicio de inteligencia cubano y los hicieron ejecutar tras un juicio televisado.
11. Frances Robles y Steven Dudley, “Chávez May Be Buying Cuba’s Future with Oil”, Miami Herald, 30 de agosto de 2006.
12. Actualmente, la política de Estados Unidos con respecto a Cuba está a cargo de Caleb McCarry, coordinador para la transición cubana, Daniel W. Fisk, director principal del Consejo de Seguridad Nacional, y Kirsten Madison, subsecretaria adjunta del Departamento de Estado.