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Cuando mueren los dictadores
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By Mark Falcoff
Posted: Friday, January 26, 2007
LATIN AMERICAN OUTLOOK
AEI Online  
Publication Date: January 26, 2007

Panorama Latinoamericano

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No. 1, enero 2007

El reciente deceso del dictador chileno Augusto Pinochet y las circunstancias que rodearon su enfermedad, muerte y entierro nos recuerdan que atravesamos los últimos días de un drama latinoamericano que comenzó hace casi medio siglo con la Revolución Cubana. Lo único que falta para que caiga el telón, de una vez y para siempre, es la desaparición de quien inició todo esto, Fidel Castro. Si bien nadie sabe exactamente cuándo ocurrirá, la decisión sin precedentes del líder cubano de transferir el poder real a Raúl, su hermano menor, el pasado mes de julio, y el hecho de que Fidel Castro no haya vuelto a aparecer en público luego de su cirugía intestinal, hace casi seis meses, parecen indicar que no puede faltar mucho tiempo.[1]

Cuando los dictadores que han creado regímenes a su imagen y semejanza caen gravemente enfermos, sus sistemas políticos entran en un curioso estado de incertidumbre. La situación del enfermo se convierte en un secreto de estado. Surgen rumores que generan especulación, esperanzas, ilusiones y que, con frecuencia--a mediano y largo plazo--, ofrecen una vía de escape a presiones en favor del cambio antes contenidas. Antonio de Oliveira Salazar, que gobernó Portugal con mano de hierro desde 1932, se cayó de una silla en 1968 y agonizó en privado hasta que murió, dos años más tarde. Durante todo ese período, los ciudadanos comunes vivieron en una especie de limbo político. Cuatro años después, de repente, el ejército derrocó al sucesor de Salazar, Marcelo Caetano, y comenzó un proceso que culminó (de manera inesperada) con la restauración de la democracia parlamentaria, luego de una interrupción de cincuenta años.

Francisco Franco, en España, osciló entre la vida y la muerte en los primeros meses de 1975, pasó por una serie de operaciones durísimas y murió recién cuando su familia decidió, finalmente, desconectarlo del respirador artificial. Tres años después, el país había cambiado por completo de sistema político; y en ocho años, vería su primer gobierno de centroizquierda desde 1939.

Es inevitable que estos episodios seduzcan a quienes esperan con ansias una Cuba post-Castro, y quizás con el tiempo los acontecimientos justifiquen sus expectativas. Pero tal vez convenga morigerar este optimismo con algunas consideraciones cualitativas que distinguen a Cuba de sus primos de la península ibérica.

Sin embargo, antes de abordar estas consideraciones, puede resultar útil mencionar algunos de los aspectos característicos del reciente retiro de Castro de la vida pública. En primer lugar, su enfermedad (cualquiera que sea) debe haber sido suficientemente grave para considerar que la operación que se le realizó implicaba un riesgo para su vida; de otro modo, el líder cubano no habría transferido el poder a su hermano en forma pública. Incluso hoy, seis largos meses después de la intervención quirúrgica, su pronóstico, anunciado hace poco en Cuba, es sugestivamente vacilante. En segundo lugar, es probable que el discurso de Raúl Castro del Día del Ejército, el pasado 2 de diciembre--que puede leerse como una virtual propuesta de hacer las paces con Estados Unidos a cambio de su apoyo y reconocimiento--no se habría pronunciado si Raúl hubiera considerado que el traspaso del poder era estrictamente transitorio. En tercer lugar, la visita repentina de un médico español que pudiera dar fe de la naturaleza “no maligna” de la enfermedad de Castro tras semanas de especulación, a fin de ahogar, por un tiempo, los rumores de que se trababa de un mal terminal, genera más dudas que certezas: ¿por qué fue necesaria esta visita? ¿Quién es el médico? ¿Cuál es su postura política? ¿Cuál es su relación con sus anfitriones? ¿Puede considerarse esta visita puramente profesional, cuando la información sobre la salud de Castro reviste una enorme importancia política? Si bien es plausible que el régimen cubano no esté en peligro inmediato en caso de que fallezca Castro--quizás ni siquiera peligre a largo plazo--, ¿por qué se trata la salud del dictador como si lo estuviera?

¿Qué vendrá después?

No existen dos situaciones históricas iguales, y comparar el mal momento de Castro con el de Pinochet, Salazar o Franco conlleva ciertos riesgos. Para empezar, a diferencia de muchas dictaduras que se construyen en torno a una personalidad dominante, el régimen cubano resolvió con éxito el problema de la sucesión política. Si bien Raúl Castro permaneció a la sombra de su hermano durante los últimos cincuenta años y no desempeñó un papel tan heroico como el de aquél en la historiografía de la Revolución Cubana, hace tiempo que ocupa el segundo puesto en el Partido y en el Estado. Es ministro de las fuerzas armadas, la institución más importante del país y la que--mediante su control de la industria del turismo--tiene acceso directo a la principal fuente de ingreso nacional. Y eso no es todo: en muchos sentidos, la elección de Fidel Castro es acertada. Es cierto que Raúl no tiene su encanto ni su carisma. Jamás recibirá el homenaje adulador de nuestra estúpida elite hollywoo-dense ni de políticos incompetentes de Europa occidental. Pero no aspira a desempeñar un papel para el que no es el indicado. Lo que sí sabe--como Stalin en la Unión Soviética de los años veinte--es cómo adquirir discretamente un poder institucional formidable. Es de esperarse que gobierne en forma más cooperativa y que induzca a otras figuras, incluidos civiles, a gastar su capital político en un período de transición espinoso. Es más difícil saber qué pasará cuando muera; Raúl Castro tiene setenta y cinco años, y muchos creen que le gusta demasiado la bebida.

La mayoría de quienes conformarían el núcleo de un movimiento de resistencia al estilo de Solidaridad dejaron Cuba hace varios años o piensan hacerlo lo antes posible. En retrospectiva, es probable que el error más grave de Estados Unidos en su posición respecto de la isla--si suponemos que nuestro objetivo prioritario era socavar el control de Castro sobre su pueblo--haya sido su generosa política de puertas abiertas para con los cubanos descontentos con su gobierno. Por supuesto que, en este intercambio, Estados Unidos se adjudicó una valiosa propaganda durante la Guerra Fría y, además, algunos ciudadanos muy valiosos (prácticamente, no hay campo--ya sea el entretenimiento, los deportes, la medicina, la educación, los negocios, la justicia o el liderazgo comunal--en el que la comunidad cubano-estadounidense no haya hecho un aporte sobresaliente, ya que se trata de uno de los grupos étnicos más talentosos, productivos y afluentes de Estados Unidos). Pero tal como son las cosas hoy en día, el movimiento disidente en la isla, aunque geográficamente extendido y más vasto que nunca (si bien nadie puede asegurar cuán numeroso), está aislado, infiltrado por agentes del gobierno y el público en general no lo conoce. De este modo, no existe una fuerza inmediata ni una figura reconocible que pueda oponerse al continuismo que representa la asunción de Raúl Castro.

La cercanía misma de Estados Unidos--una fuerza que constantemente se describe en los medios cubanos oficiales como irrefrenable y voraz en su avidez de controlar el mundo, que pasa las noches en vela intentando revertir los “logros” de la revolución--funciona como un puntal indirecto para el régimen. A diferencia de Polonia, la República Checa o Alemania Oriental, el estado comunista cubano es el producto de una experiencia nacional genuina y explota muchas tendencias y sentimientos pre-castristas (cuando llegue el momento de ajustar cuentas por los desastres de los últimos cincuenta años, parte de ella deberá responsabilizarse a algunos intelectuales cubanos de períodos anteriores, como el fallecido historiador Herminio Portell-Vilá, quien no se cansó de referirse a Cuba como la víctima eterna de España y Estados Unidos). No hay duda de que el hecho de que la hostilidad estadounidense contra el gobierno cubano haya sobrevivido a la Guerra Fría, y no parezca responder a ningún objetivo estratégico integral, alimenta una disposición nacional a la autocompasión.

Se dice también que los ciudadanos cubanos comunes le temen a la perspectiva de un cambio político abrupto en la isla que podría terminar en una invasión, si no de tropas estadounidenses, al menos de cubano-estadounidenses decididos a recuperar sus propiedades e influencias perdidas. Si bien estas preocupaciones son comprensibles, son también muy exageradas. Demasiado ha cambiado en Cuba en los últimos cincuenta años para que la comunidad exiliada pueda desempeñar allí un papel político, y los vastos recursos económicos de Miami sólo pueden utilizarse eficazmente en Cuba si la comunidad en el exilio está dispuesta a respetar las reglas del juego de un régimen al que detesta--y con razón.

En cuanto al temor a Estados Unidos, la cruda realidad es que los cubanos están detenidos en un período histórico en el que su país era mucho más importante, económica y estratégicamente. Hoy, el país no tiene nada que podamos necesitar ni desear, ni siquiera playas y clima cálido (ya que uno de los efectos colaterales más importantes de la Revolución Cubana fue el desarrollo de una gran industria turística en Florida del Sur, Puerto Rico y la República Dominicana). El actual impasse en las relaciones entre Estados Unidos y Cuba obedece a rencores históricos y a motivos ideológicos, no a intereses concretos.

¿Cuáles podrían ser esos intereses? Por desgracia, el más importante no es restaurar la democracia en la isla--a pesar de lo deseable que sin duda ello sería--, sino evitar una crisis migratoria masiva, es decir, una reedición del éxodo del Mariel de 1980-81, en el que se escabulleron miles de cubanos para dejar la isla, entre los que se contaban algunos delincuentes y enfermos mentales perversamente incluidos por Castro. Esto explica por qué la administración Bush validó los acuerdos de 1994, según los cuales aceptamos un mínimo de 20.000 cubanos descontentos por año. Lo que Raúl Castro le ofrecía a Washington el pasado 2 de diciembre era una garantía de que una crisis de esas características no ocurriría siempre y cuando ambos gobiernos respetaran las prioridades más amplias del otro. Al fin y al cabo, Raúl Castro debe estar pensando, Washington no tuvo objeciones respecto del largo reinado de Rafael Leónidas Trujillo en la República Dominicana ni con la dinastía de Anastasio Somoza en Nicaragua; ¿por qué no habría de hacer las paces con mi gobierno en Cuba?

Las normas de Raúl

Además de asegurar implícitamente que continuará el régimen migratorio actual, es probable que Raúl Castro ofrezca algún otro incentivo a Estados Unidos, o mejor dicho, a las empresas estadounidenses. A diferencia de su hermano mayor, se dice que admira el modelo chino, que combina libre mercado, inversión externa y dictadura de mano de hierro a través del ejército y el Partido Comunista. El levantamiento del embargo comercial de Estados Unidos y de la prohibición de viajar por turismo crearía un nuevo lobby empresarial en Washington--cadenas de hoteles, aerolíneas y exportadores de alimentos y de materiales de construcción--que tendría un interés creado a favor de las buenas relaciones. Al contrario de lo que dictan los persistentes delirios de algunos miembros de nuestro Congreso, el mercado cubano en general tiene muy poco que ofrecer a Estados Unidos; no es más que una partícula de la pantalla económica. Pero no sería nada despreciable para quienes tienen una relación directa en el comercio con la isla.

Por ejemplo, el puerto de Jacksonville, Florida, exporta productos (en especial, alimentos) por valor de mil millones de dólares por año a la República Dominicana, principalmente para abastecer a la industria turística. Sería fácil imaginar una cifra similar o incluso mayor en el caso de Cuba; suficiente, sin duda, para justificar la contratación de costosos talentos legales por parte de los grupos de presión de a fin de minimizar las noticias desagradables provenientes de las horrendas prisiones cubanas. Por supuesto, una transición hacia el modelo chino obligaría a Raúl Castro a renegociar ciertas cuestiones para superar algunos obstáculos colosales. La Ley Helms-Burton (1995) lo nombra específicamente como una de las dos figuras con las que Estados Unidos no negociará de ninguna manera. También enumera una serie de condiciones para que Estados Unidos reanude sus relaciones con Cuba. Para ello sería necesario, en rigor, que se desmantelara por completo la dictadura y se instaurara un sistema democrático sin fisuras. De hecho, Helms-Burton eleva tanto el estándar que sugiere que su objetivo no es tanto propiciar la democracia en Cuba como evitar que una administración futura (probablemente democrática) haga las paces con el statu quo. Sin embargo, el que la personalidad de Raúl sea menos extravagante y un objetivo (marginalmente) menos atractivo para la ira de la comunidad en el exilio puede contarse entre sus ventajas. Uno o dos gestos además de los incentivos comerciales o migratorios--como la liberación de presos políticos o, al menos, un acuerdo para recibir al Relator Especial sobre Derechos Humanos de las Naciones Unidas y la puesta en vigencia de nuevas disposiciones con respecto a los derechos de los trabajadores en empresas conjuntas--bien podrían hacer añicos la frágil coalición que apoya la Ley Helms-Burton y ocasionar su desaprobación. (De hecho, la última encuesta de Gallup muestra una mayoría de estadounidenses a favor de reanudar las relaciones diplomáticas con la isla.)

Sin embargo, el mayor obstáculo para el aparente sueño de Raúl Castro de una transición perfecta hacia un comunismo que funcione no es la postura de Estados Unidos ni la política interna cubana, sino el hecho de que Cuba no es China. No forma parte de un continente gigantesco que alberga una civilización milenaria, y no puede ni soñar con tener influencia o poder sobre el resto del mundo por derecho propio. Tampoco puede aislarse por completo del impacto de Estados Unidos y España, ni mucho menos de países vecinos similares a los que la unen el idioma, las costumbres y la historia, como México, Costa Rica o Colombia. Incluso Venezuela, actualmente fascinado por un demagogo que afirma que quiere imitar la trayectoria política de Fidel Castro, debe parecer a la elite de la isla una sociedad peligrosamente desorganizada (es decir, abierta), indecentemente inundada de bienes de consumo. Por otra parte, ¿quién sabe qué inconvenientes repercusiones políticas llegarán a la isla tarde o temprano, con el retorno de Venezuela de médicos, maestros y entrenadores cubanos que hoy están allí?

A pesar de los denodados esfuerzos de Fidel Castro, Cuba es y seguirá siendo un país de América Latina, y no podrá evitar eternamente las grandes tendencias que afectaron y transformaron a la región en los últimos cincuenta años. Quizás éste sea el motivo por el cual Raúl Castro siente que llegó el momento de reconciliarse con Estados Unidos antes de que las corrientes de la historia los sorprendan a él y al régimen que creó con su hermano.

Mark Falcoff (mfalcoff@aei.org) profesor emérito residente en AEI y autor de Cuba the Morning After: Confronting Castro's Legacy (AEI Press, reimpreso en 2006). El texto completo puede leerse en www.aei.org/book328/.

Nicole Passan, socia editorial del AEI, colaboró con el autor en la adaptación y elaboración de este Latin American Outlook.

Nota

1. Al imprimirse este Outlook, se informa que ningún alto funcionario cubano--ni siquiera el Ministro de Relaciones Exteriores, Felipe Pérez Roque--concurrió a la investidura del nuevo presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, el 10 de enero de 2007. ¿Será que se espera el deceso del “líder máximo” en cualquier momento, y que nadie quiere ausentarse de la isla durante la posterior rencilla por el poder y los cargos?

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